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  • Gonzalo García

La vez que dejé de actuar para siempre.



Voy a contarte algo:

Hace algunos años decidí dejar la actuación, para siempre. Hablé con Gilberto Corrales -director de Teatro en el Incendio y mi amigo- y le dije que ya no quería ni podía actuar más, que buscáramos a alguien para que me sustituyera en las obras en las que actuaba porque me había dado cuenta que nunca iba a poder ser un buen actor, que todos eran mejores que yo y que era una pérdida de tiempo y energía seguirlo intentando. Me daba por vencido.

Y así fue, pasé varios meses sin actuar, trabajando únicamente en tareas de producción.

Estaba triste, pero no me daba cuenta.

Un día, CECUT nos invita a tomar un taller de Teatro Cabaret y Gilberto insistió en que yo debía tomarlo, que porque yo canto y, de los integrantes de la compañía, era la mejor opción. Lo tomé en contra de mi voluntad, de mala gana, porque ya no quería saber nada de la actuación, ya llevaba mucho tiempo lejos de ella.

En ese taller me preguntaron: ¿de qué te interesa hablar? ¿Cuál es ese tema que no te deja estar tranquilo?

¿A mí?


Yo ya sabía que el arte es una extensión del artista, que uno no puede hacer arte de lo que no conoce, que el arte es el resultado de su contexto inmediato pero, de alguna forma, tratando de ser “un buen actor”, había olvidado ser un artista.


En ese momento recordé las veces en que filosofábamos acerca del verdadero quehacer del actor, de pensar al actor como un creador y no sólo como un intérprete de las intenciones de un director. Como eco sonaba en alguna parte de mi cabeza la voz de Gilberto: “El actor es quien sostiene el mecanismo de la escena”, “si al actor no le importa lo que tiene que decir, a nadie que lo escuche le va a importar”, “el actor debe depositarse a sí mismo en sus acciones”.


¿En qué momento había olvidado todo eso que ya sabía?

(En el momento en que quise “hacer las cosas bien”)

Bueno, en ese taller creé los esbozos de lo que ahora es “La Mama, Cabaret”.

Para el cierre tenía que presentar cinco minutos de esos esbozos ante público invitado. Y ahí estaba yo, otra vez, a punto de salir al escenario, nerviosísimo, más nervioso que la primera vez que actué en mi vida. Volví a sentir miedo, ansiedad, ganas de que algo extraordinario sucediera y nos obligara a todos a tener que cancelar la presentación. Esa sensación de riesgo me recordó las palabras que una vez me dijo mi mamá: “Si te pone nervioso es porque te importa, preocúpate cuando dejes de sentir nervios”.

Claro, estaba a punto de poner en el escenario algo que a todos, aunque nos diera risa, nos iba a doler, ya nos dolía. No estaba nervioso porque iba a actuar, no me preocupaba la evaluación sobre mis habilidades histriónicas. Estaba nervioso porque iba a decir algo importante.

El Cabaret me hizo darme cuenta que no es que me faltara talento, sólo había dejado de ponerme a mí mismo en el arte que hacía. Es que el Cabaret es así: te dice las cosas de frente, te pone en peligro, es revolucionario, es valiente, es contestatario y es muy muy muy divertido. Te golpea la cara mientras te ríes a carcajadas. Y, sobre todo, no te permite ser tibio, no te permite sólo “hacer las cosas bien”, no te permite sólo entretener, no te permite no ser artista.


Y así es como volví.

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